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Cultura

Marcelo Ibañez

Periodista, cronista de viajes y escritor.

Autor de "Un Viaje Fantástico" de Editorial Planeta.

Ilustración por Luis Sumonte

Llegué a Jamaica esperando encontrar todo lo que uno imagina al pensar en Jamaica: buena onda rastafari y marihuana. Fiestas en la playa y marihuana. Reggae, Bob Marley, one love y más marihuana. Pero la realidad no es una postal. Es cierto que Bob Marley suena mucho y que la ganjah te la venden hasta en medio del mar —con dealers que aparecen en motos de agua ofreciendo 250 gramos de robustos y resinosos cogollos por apenas 100 dólares—, pero también es cierto que la fantasía esconde una realidad bien poco buena onda.

Jamaica es el cuarto país con más asesinatos en el mundo, por eso las playas suelen estar custodiadas por guardias armados. A los jamaicanos no les gusta ir a la costa. “Jamerica” le dicen. Para ellos la playa representa al Imperio Británico que los esclavizó y el turismo multinacional que hoy los explota. En Jamaica el “money & bitches” del gangsta hace rato le ganó al “one love” del reggae. Jamaica se asemeja más a un país africano donde tienes que andar ojo al charqui para que no te caguen, que al paraíso buena onda que uno imagina. A menos claro, que te quedes encerrado en el resort.

El bar lejos del hotel se veía piola. Buena música, arena y sol, el mar azul. Mientras pedíamos unas cervezas, de la mesa contigua nos pasaron el pito más grande que haya visto en mi vida. En serio, era ridículamente grande. Pito tamaño película de Cheech & Chong. La hierba pegó fuerte. Estábamos en Jamaica.

Los humos dieron un par de vueltas. De pronto un negro tamaño jugador de la NBA, apareció a nuestras espaldas.“Stand up”, dijo sacudiendo una tarjeta donde se leía “Police”. Pánico. Por si no lo sabes, la marihuana sigue siendo ilegal en Jamaica.

El Shaquille O'Neal se puso a gritarnos y no entendimos nada. Hasta que el tipo que nos había pasado el pito tamaño stoner movie, dijo que teníamos que pagarle 200 dólares si no queríamos irnos en cana. Vuelvo a mirar la tarjeta que dice “Police”. Es un cartón plastificado más ordinario que la tarjeta de biblioteca de mi colegio. “Nos quieren cagar”, alcancé a pensar en medio de la neblina del THC.

En el camino de regreso al resort me topé con un furgón repleto de trabajadores jamaicanos. Meseros, cocineros, mucamas, guardias, gente del aseo que volvían a casa después de la pega sumergidos en un submarino. El furgón paró en seco. “Supe que fuiste a conocer la Jamaica real”, me dijo el copiloto con un troncho asomando por su sonrisa. “Jamaica es un ghetto. Y uno no entra a un ghetto sin conocer a alguien”, agregó, pasándome el troncho y su fono. Lo devolví luego de un par de quemadas. “Quédatelo”, dijo, antes de perderse echando humo, camino hacia el ghetto de la “Jamaica real”. Esa Jamaica donde lo único que parece quedar de nuestra fantasía, es la calidad y cantidad de ganjah que puedes fumar en ella.

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